Mis amigos cree que estoy muy mala porque quemé mi mejilla.

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XLII
Encerrado entre las cuatro paredes de
un baño: mire hacia el techo
entonces empece a lavar las paredes y
el piso el lavatorio el mismo baño
Es que vean: Afuera el cielo era Dios
y me chupaba el alma -si hombre!
Me limpiaba los empañados ojos


Raúl Zurita. Purgatorio

(el)() (retorno) (de dios(es)

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.Mascarón Sideral.

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[“Crucifixion noire et rouge”]
Saura. 1963.


Para Mario,

Quien no se ha cesado de luchar hermosas utopías.

Una sola es mi lucha y destino, hallar la palabra siniestrada. Presionar su pecho, exhalarle un calido aliento para sacar su agua estancada. Lirios para embalsamarla, para dar con su voz trizada. Mirad la noria… hace aureolas el agua.

Aún añoro su desliz a orillas de ciudad Tauro, frente a bastiones inconfesables. En esos tiempos reía y briznaba su fábula. Su amante la cortejaba, la besaba impúdica y noctámbula, embriagada nadaba en sedas y plumajes reales, dignos de su majestad celeste. Trompeta de arcángeles y réquiem de cuerdas peinaban la nacarada bruma de sus cabellos arenosos. Cimbreaban sus pestañas. El arrebol de Dios le era benévolo.

Fue dada a luz, etérea, en la penumbra de murallones monásticos, ahí se agasajó “Petra” en manos de su escultor, quien la talló de piedra lumbre, al destapar un caldero hebreo de inscripciones cabalísticas. Pero voló mariposa insólita, se arremolinó en la profunda América, central y total, donde cuaja la vida en volutas y archivoltas, entre plumajes sangre y dorados reales, cubículo, donde el rocío perla el verde tapiz y el carmesí vive pagano. Peino la mar su brocado y vegetal guareció adormilada. Pero esta nueva crisálida celeste la bañó y metamorfoseó en escarabajo technicolor, reflector de luz y sombra, indómita después de tanto arrullo; entre giros huracanados se hizo portadora de un espía, una espina: maldita mácula que incendia, que le envuelve las viseras en su capullo-macramé, tejido al rocío, a las Pléyades de Aurora; hoy el colgajo le pesa al cinto.

En la almidonada selva hombres de labios cereza la hallaron descascarada, confusa, la dirigieron vendada y ceremoniosa a atalayas incendiarias, iban a inclinar su mirada hacia “Ah kin”, quien, taciturno en su último esplendor levantó, al abrir de sus mudos ojos, un sendero tras la palabra fajada, una vertiente que a la luz de plenilunio, deja emerger al aullido de perros, un vetusto caparazón, una presencia cámbrica que arrastra todo su revés. Escarabajo se escucha desafinar sus alicates al caminar en la noche de la pálida Artemisa, Eros nos llora y echa volar sus pergaminos, que entintan pulmonar las turquesas aguas. Arrastra sus patas, joya metalúrgica, la doble faz de mi palabra, su voz tachada. Su voz quimérica, hermafrodita de tantos sexos y ninguno a la vez. Dios, esta “cosa” engendró a Dios.

Se arrastra babosa tras la palabra cegada, por tanta luz, huella iniciática que luce cicatricial al ocaso. Al ocaso, cuando la fosa sideral arrastra felina un soliloquio desgarrado, desmembrando, marca riachuelos y senderos de sangre. Detrás camina la palabra, bebiéndolo, rastreándolo, olfateando sus trastos ciegos. Amante vengará la injuria cuando táctil deje de hilvanarse los dorados cabellos de este Amo trashumante, caprichoso nace y muere, dejando a la palabra en su particular olvidado…

Desde acá noto su falta, su rotunda ausencia en las piezas sueltas de su abandono. La música ha cesado. Nos sobra la sed y el llanto. Cómo retomar el canto. La palabra ha neo-mutado en quimera de serpientes y guacamayos. Se ha trizado el cascarón y esas plumas aún amnióticas cimbrean burbujas matriarcales. La soledad le ha despuntado la sonrisa y en su lugar escribanos han rociado tinta púrpura, palomas se arremolinan y levantan su velo, cameras tajan senderos luminosos, va a la postre del sol. La presencia madre atraviesa la selva siempre indemne, inclinándose juncosa ante la palabra olvidada. Magnética atrae a cientos de palomas, gaviotas y torvos, la visten pasajera a su mirada viuda de tantos soles. Errática vuelve bastarda a ciudad Tauro.

Obscena circula por callecitas medievales, pisando cuencas en el adoquinado.

Por allá se cuela la risotada insolente, es la europeada, esa bestia heráldica designificada, pintura de Rembrandt descolgada, esa deriva siempre relapsa.

Pictóricas se desafían, blande Europa su lanza enhiesta de la cual cuelgan volutas de carmesíes reales, corta sus hielos y emponzoña el viento con su tufo azufral. Recelosa y refractada eclosiona flor de lis, la palabra metamorfoseada, quimérica y vengativa, rosa voluptuosa de rojos untados en sangre y tinto. Europa mira intimidada las agallas de esta palabra santiguada, india malograda. Como se yergue bestiaria e indómita, relapsa de tanto influjo pagano. Toda la fuerza de la palabra en la luz que anida filosa entre sus manos ¡va a explotar su quasar!, corren griegas y romanas. Europa tiembla, sus contrincantes habían sido pedestres caballeros de calaveras por cabeza, esta bestia amazónica, tundrita y avisal no registrada en sus almanaques se vestía y triplicaba como si diez mil caballos indómitos se abalanzaran. Apocalíptica, del Paradiso lezamesco, pintura destemplada, un Cristo Dalí que baja de su cruz desclavándose sus enormes púas. Atiborrada, plástica, una pintura cuzqueña y un evangelio mal leído, letras latinas y griegas desperdigadas en su arenal cabello. Se retuerce, se devuelve quimera grosera a una Europa de gustos santos y pétreos. Tanta joya, mira sus manos agasajadas con furia, descubre su rostro cicatricial y ajado por los dulces soles, esa vez fuera del monasterio… tantos soles y lunas rotas, que vertieron su real oro y fina plata para forjarle tantas mascaras. Tantas mascaras que hoy posan al reflejo.

Europa no pude más que atacar sobre las yagas de palabra, pero de esas cuencas salpican otras palabras, enanas, alter egos, que explotan pestes blancas, vamos pintando el continente azul de perpetuo mármol, robado, robado, las enanas han comenzado a grisear, de gris a negro, tanta palabra enana explotada que ahora da jugo a una tinta que usará palabra para redactar la carta final.

Me siento a escribir y sólo resultan vivisecciones…

Señor lector, perdonara a palabra su traición, me ha traicionado esta descarada, se ha desplazado títere despiadado, me ha dejado desnudo en la trastienda. Palabra se ha fugado de este escrito milagroso y es preciso encontrarla, ayúdeme usted a dar con su palabra… me han dicho que sideral, que avisal, que otros cosmos, que se la ha tragado su escarabajo nocturno, que ahora es quimera de día y noche, aberración que traga hombres disolutos arrastrados por la mar. Quiero creer que ha regresado a su mito para destrozar esa falsa mandala. Que ha roto unión con su espejo barroco al aullido de perros y al canto sirenal, que desplazada ha entintado el bello estanque coral. Que ahora sus plumas aletean tinta para otras historias, que sus plumas majestuosas acicalan a princesas de otros dorados concéntricos.

La palabra, la palabra, una sola es mi lucha, encontrar la palabra borrada, que ha caído del papel y rodado hasta los extramuros. Recogedla, amalgama preciosa entre letras y tachaduras, la negación, el error del escrito, la expulsada del feudo, la palabra, exilio permanente, navegar por siempre, ese es mi destino, Yo, la palabra trizada, vuela por parajes espaciales, viaja eterna y etérea guardando el secreto escarabajo, la rosa carmesí, viaje y Yo, vamos incandescentes a su paso seminal. Tenso el velo a esta novia estelar, para desplegar su paso sideral. Es mito, no, ahora es la palabra olvidada, de soslayo ya no recibe caricias humanas, ahora está cerrada. Ahora es esa rajadura, ese corte horrendo en la tela, ella, Yo, el corte sobre la tela. Desbordada por la palabra que no existe, nunca más.

Luis.






Jacques Lacan / Click en este enunciado.

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La paranoia es la máxima expresión de Amor a Dios.

"tras toda búsqueda-deseo- de la verdad existe una búsqueda-deseo- delirante"


Lo Real se pierde en la relación sexual: en el acto inaugural por el cual accedes al Otro. Y es esta escena la que se repetirá constantemente, como "esencia", develando el núcleo ontológico del sujeto, al exhibir su ley-verdad.






Mirad el vídeo! joder!

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TRIZAS.

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-¡OH dios!

Abría la Biblia para endosar una rosa roja entre versos sálmicos. Deseaba: que clave sus espinas y rompa el papel entintado, que al enganche de su textura raje las porosidades y abra la verdad con su luz cegadora, segadora, como profeta iraní: un Zaratustra de antípodas. Su fe gestaba en las cuarteaduras de ese hermoso papel, no en texto, que ya rebalsan teólogos pos mortem. Este pseudo prelado de fijaciones travestis, rondaba los capítulos con intención facinerosa: dando giros manieristas formaba ondas siderales que más parecía aleteo de flamenco en sus manos agasajadas. Posaba sus dedos ebrios de goma entre sagrados pasajes. Se mojaba redoblándose felina, acariciando las hojas, adhiriendo de soslayo un saborcillo dulce a sus huellas digitales ¿será la santidad que cierne cual espíritu santo en forma palomar o el exceso de ravotril que la enfermera equivocó en dosis? Eso queda a su arbitrio querido lector. La nosología hizo ascuas ¡ah! ¡Flash!.

“Para acrecentar su fe” rezaba la dedicatoria que dulcemente acaricia cada vez que oteaba la contratapa del legendario libro. La vocación sacerdotal estuvo contemplada como destino, se veía tan rosariado y perlado sobre su solapa azulina, con aquella decisión habría enaltecido su vilipendiado apellido, que el difunto padre había llevado al completo desprestigio.

Cimbreaba la campañilla de plata, acostumbrada a reposar sobre la cómoda lustrosa. El almuerzo de finas almendras en ensalada de verduras era la comida de domingos. Por el pasillo corría en puntillas y de soquetes, cual geisha destemplada, la vieja nana desdentada, tan loca como una cabra, rebosante en un quimono de lino amarillento de viejo. Toc-toc. Llamó a la puerta y acarició la barnizada puerta como si fuera la espalda de su dulce marido. En el suelo bella dama, gritó adolorida la voz desde dentro. La orientalizada nana de rodillas posó la bandeja delicadamente, al tiempo que sacaba de su faja un misterioso gotero el cual vertía sobre el jugo de naranjas que tan mal le hacía a las úlceras del joven patrón.

Las horas pasaban, la comida marchitaba, las lechugas mustias, el estomago deseoso y rugiente, relinchaba cual motor viejo. No comeré esta vez, al ayuno lo seguirá el almuerzo, sólo tomaré el té caliente, para que me queme la lengua y luego la garganta, de esta manera se me pega un acentillo andaluz traposo, que seduce tanto al relamido pasajero. Abstinencia decía desde el pulpito el padre Anselmo, quien vomitaba sangre tras días festivos de mucha oratoria. Tantos excesos incomprensibles de sus feligreses valía la desgarradora apología al buen vivir, su ascética vida no escatimaba en dudas. Yo lo vi, tras una columna, detrás de un confesionario: el viejo con ademanes tuberculosos llamaba al monagillo para que le hilvanara el hilillo de sangre que le colgaba de la comisura. Pobre hombre decía mi madre, mientras retocaba su peinado siniestro. Tres veces el bastón arremetió contra la puerta: ya, basta, me lo comeré todo mami. Tragaba las verduras entre lágrimas. Que mal se veía, de tanto llorar se le posaron dos mariposas negras bajo sus ojos, fue en un otoño secular cuando las delicadas revolotearon tanto hasta encarnar en su rostro.

Su belleza en retirada, bajo orden de embargo progresivo. Urgía rescatarla, traerla desde los infiernos con invocaciones a antiquísimos pentáculos, ascenderla desde el Hades envuelta en finas sedas, pidiendo a préstamo su divina alma al mismísimo señor de los avernos. De luto la joya persa rajaba las sedas, se desvanecía en cada intento. Se abría la puerta, la claraboya de los cielos iluminaba a la ahora consorte de los infiernos. Dame tanta luz, cantaba la toxicómana, es la formula bendita para abrir un sendero en la luctuosa penumbra. El caldo amargo y espeso de la noche de los muertos era difícil de penetrar para este aprendiz de hechicero. Grita más alto para flectar los espejos, quiero dar en blanco entre tus senos. La joya heráldica cantaba entre sollozos para indicar el camino al furtivo forastero, no alcanzo, ni mi luz y espejos abrazan tu reflejo. El desespero mató los siguientes intentos, golpeó la mesa, lanzó los inútiles y remilgotes librillos, ni la embotellada luz plateada de luna escindió tanta espesura. Lloró tanto, juntas lloraron este fatídico desencuentro. Eran dos princesas rubricadas en verticales para el valle de los infiernos.

Hermanas dieron a este nido acuoso de sus ojos riachuelos de vida, concadenaron sus lágrimas que flotaban falacias de palomas libertas, perlando para un rosario, iluminando el negro follaje con su collar de luz eterna. Perséfones vertieron su fluido para alcanzar el gentil abrazo al romper la nacarada bruma incensaria. Aquel hilillo trémulo a las corrientes del Hades, engrosó dando cuerpo a un firme lazo torneado. Se entrelazaron, se aferraron para izar a la joven de ese enjambre por redil. En la intranquilidad la luz de belleza sacudió la tierra que ha sus pies iba florecer. En talco, de una pasta de una desinfectante cal su cuerpo sirena aplacó la fiebre estéril del rostro otoñal del escribano.

Escribano bebió hasta sus últimas lágrimas fertilizando el cubil marrón, las magnas plumas de belleza rompieron rigidez para encallar en su espalda. Nuestro beso vilipendió el dulce rictus de belleza al volver a fallecer en los brazos de escribano. No al Hades, a la jaula sibilina que por gracia guardaba toda presa divina, atrapando en labios la luz de su corazón en flamas.

Dulce, toda una exquisitez de pastelería, robó el rouch frutillita de la sobrina que prepuber comenzaba a olvidar su ajuar infantil en casa de la abuela. Feminaria alzaba la manita izquierda empuñando marxista la palma, al compás de la internacional, soy la roja bandera que al desteñido se ennegrece. Soy lesbiana anarquista, enarbolada loca de encender el radio y cantar, esta vez desde el corazón, Pour que tu m'aimes encore.

Furibunda, Reina maldita desenvaina la poderosa valmund y en tunica de negro y fucsia blande escindiendo la espesura narcótica de su bleu valet. Rancias caen las albas ocas, que sacrificadas legarán su sangre a la solitaria consorte. La instituyen, la venia de las Señoras.

Envalentonada por su juventud, escribano tijereteó sus vestidos y aromó una casulla parecida a las burcas afganas. Traquetearon sus tobillos para calzar unas sandalias japonesas de hermosos y floridos macramés.

Tras sus tacones formo senderos flameantes que jactaban la retirada del umbral vaginal de los infiernos. La mancha menstrual de su metamorfosis regó su incendiaria retirada. Vamos al centro mamá, quien dormía en su mausoleo resiliente.

Perra magnifica le gritaban los babosos al paso de su larga cabellera cobriza, emplumada por gracia de belleza se extendía hibrida, ebria de pavo real y cisne. Es la muerte de dios persignaban las timoratas otros se tocaban los testículos para volver a las certezas. Esta noche de “San Bartolomé” cae insolente una pesadumbre alhajada por bordados farolillos que despuntan, que reflejan un cielo fatuo.

Miro su sendero y por fin halló un borracho poeta, de errático caminar, no, es una silueta de bestiarios o diario de cronista americano. Soy la mora-maja, que trae la buena nueva del Señor. Arrastro mi gala desde los aposentos para rendiros una soflama, así que concurrid a la plaza de Toros con vuestras amas y esclavas a oír el dulce verbo de las esperanzas.

Solfeos y estruendos de corno en plaza de Toros, timoratas y testiculares envueltos en sus pergaminos sorbían el frío seco de la pesadumbre. Blandió de sus ropajes la biblia en rouch y caramelos, para anunciar los evangelios, todos persignaron su frente, pericos invocaron su salvaje fe, mientras, al unísono, la perra maravillosa comía granos de uva dionisíaca próxima a romper el silencio brumoso con una voz indescifrable.

Pero ahí estabas, padre de los ojos verdes, alumbrando luciérnago la existencia del amor. No ¿quién eres luz de los infiernos? eres tan hermoso como Satán murmuré antes de prestar saliva al triste solfeo para ignominias.

Cantado, como misa de gallos, tragué las últimas uvas y al respiro profundo la melodía de las primeras palabras perfumó de mentol la plaza. Se desenredaron los cabellos y la mortaja cedió un poco, nuevamente brisas apocalípticas y el temor de mis concurrentes tremoló en mis mejillas. Unos rayos fluorescentes en guardia se alzaban tras las espesuras de la muchedumbre.

-Descansa en paz, y selló las estrofas apocalípticas; aún consternada por las palabras rebeladas se recogió el cabello y devolvió a la mortaja su posición original. Las palabras no exorcizaron eso aces verdes; meditó, me desafiaban desde su pesadumbre indigesta, parece que se soba su barriga tras un banquete de pasivas discotequeras. -Pero yo soy de más allá de los Urales, rey carnicero. Dame una pista mientras abandono el atril colonial y festejemos nuestra sagrada batalla en la plaza Catedral, ahí se comen perras lagartas desde la fundación patriarcal; tomaré el apellido de un padre voraz en homenaje a tu desgaste de voz. -Soy de más allá de los Urales, el grito desgarrado de la ira trashumante, la venganza en cierne, en carne, en huesos y conchuelos. Sacaré mis voces madres y lanzaré mis cadenas que ya han reconocido el Hades.

La brisa levanta y da vuelo a las hojas que se posan en la fría loza; el hombre de ojos verdes se difumina, se lo tragan los árboles, el bosque lanza su garra y arremete, como hiciera yo con belleza. EL HOMBRE NO EXISTE. Sólo lo grabé en un papiro de mi conciencia, aquí siempre ha gobernado ELLA. Las palabras de Dios sólo arremetieron más profundas esta vez, me dejé encantar, seducir con la posibilidad de su existencia. Y si él no existe, yo tampoco.

-¿dónde estás? Grito amortajada. Se desnudo al paso de jauría de perros vagos. Caminó hasta la playa, donde se bañó, se restregó a ELLA en su cuerpo. ELLA lo era todo, desde el alba hasta la madrugada. La bella noche su resguardo, yo su excelsa efigie, toda suya, hermosa amatista que esparce lagrimas en la infinitud de su imposible. Me baño, me limpio de mí, de la gloriosa fiesta… ni bellaza, ni alboradas.

Brilla el horizonte y despierta del mausoleo, grita fuerte esta vez, pero no hay eco. Maricas y testiculares en sus últimas de fin de mes.

La vejiga puesta sobre la mesa derrama las gotitas de esperaza, no, no se oye por los laberintos ¿se habrá muerto? ¿Habrá retornado a los Urales? No quedan huellas, no hay escritos, no había nombre ¿quién o qué era? Eso… eso, ¡qué era eso! Se escurría horroroso como bicho raro. Negro, vetusto, salivoso, indescifrable, camaleónico, gato negro y blanco, de ojos perdidos, perlas que ruedan ¿algo se azota en el mar? ¿Contra las rocas? ¿Es un cuerpecito de niña? ¡No! ¿Quién le hizo eso? ¿No es niña? ¿Masita? ¿Huesitos? ¿Polvo? ¿Arena seca? Nada.

La enterramos igual, no sabíamos que hacíamos, pero lo hacíamos. Veía en el féretro su rostro de niña, otros a su prole. Todos veían y lloraban. Todos veía ¿cómo es posible eso? Todos a la vez. Si estaba vacío. Era ridículo. Sonaron los cascabeles, la sirena de bomberos, atravesamos la ciudad y la alcaldesa nos dio el pésame, también lloró. Pero no había Nada. La hoja en blanco del Señor. Las calvas retozaban sobre la Nada.

"Danae": te libero con ácido y dos cortes.

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Me sorprende la ansiedad que produce la referencia sin pretensiones al cuadro que expresa la entrada anterior. La lectura semiótica o crítica interna del mismo me la ahorré en búsqueda de otra posición menos academicista. De hecho es tan paradójica la lectura que no debería sorprenderme tales comentarios. Todos hacen referencia al cuadro en sí, al mito que da su primer motivo y lectura. Han tratando de dar apreciaciones positivas y unidireccionales a la pintura, cuestión que no debería sorprenderme, ya que según el orden jerárquico de lectura occidental se parte de los referentes concretos para unir piezas hacía una abstracción más compleja (método inductivo). El problema estriba en que tal acto está ya permeado por la referencia al mito, en un acto pedagógico de acercamiento se nos culturiza la mirada, se nos crea más bien.

Mi sensibilidad con la pintura, valga la referencia, no remite a su significación en tanto lectura del mito como única referencia política del cuadro. De hecho esa es la idea, que tal noción se pierda, ya que es tragada por quienes la han leído e intervenido en el tiempo. Cuándo inquiero del real sentido de Rembrandt justamente no respondo, ya que seguramente tal deseo se extingue como el sentido que pretendí enviar a través de esta entrada. El valor de Rembrandt y de cualquier artista no radica esencialmente en el mensaje (narratividad o metatexto) sino en convocar, hacer rodear su producción, generar silencios, desazón, lecturas (entre otras), propiciar visitas a las esencialidades del inconsciente, que no poseen historia ni lugar. Me importa un carajo si el mito es el primer texto con el cual te acercas a leer la escena, ese defecto de la cultura es tan revelador de la forma en que apreciamos (vemos) todo. La referencia al desprendimiento de Danae de su destino fatal lo refiero en tanto la lectura al cuadro se puede resignificar ¿ahora quien habla de una sola lectura para el cuadro? Seguramente, y así respondo a Licanc, el cuadro no pase de ser uno más en la gran colección de Rembrandt, no es la esptacularidad en la técnica ni siquiera el referente grecolatino de los albores del barroco europeo, lo interesante de la pintura, es su efecto Venus de Milo lo que para mi en este caso basta y sobra. Gracias al efecto daño concreto a la imagen la Unidad de lectura se ha roto, ha declinado el mito griego (no tengo apreciaciones morales ni estéticas sobre él) para dar paso a otros referentes gracias a la intervención en su soporte. Sin el hecho en sí, seguramente el cuadro no sería de mi interés, bien digo cuadro, porque todo lo que se hable de Danae y otras pinturas remite a sus marcos, a la externalidad de quien lo intenta leer. Mi lectura hace referencia a que ese daño posibilitó la liberación de Danae (no del personaje griego, eso para los filólogos) sino del cuadro al cual le pesa el anatema del mito edípico. “Danae” se liberó de Danae. La maldición que cristaliza el viejo mito no se detiene en la historia cuento, ni en el culposo goce de Danae (ahora si el personaje) de su inconsciente cautiverio, nos hace parecer que el cuadro remite al mito como lamina de un libro de bolsillo sobre mitología griega. Por lo mismo evité la descripción acuciosa de la pintura, más bien me detuve en su externalidad, en la posición Otro de quien juzga.

El Arca Rusa a pesar de utilizar al Museo del Hermitage como gran reservorio de un pasado cual baúl atiborrado de objetos valiosos, desmonta el relato “Historia de Rusia”, nos despedaza la Unidad (sin diseminarla) de lectura y nos muestra focos, voces, imágenes, aromas, sensaciones varias, como vestigios de “algo” que apreciado roto, quebrado, mutilado, escindido, escatimado, refiere a la necesidad pedestre de pertenecer, de apreciarse, de sujetarse, aferrarse a un madero en la deriva. Caustine olfatea, toca, oye, mira, soba, rasca, todo lo va sintiendo, cual animal transita buscando su madriguera. La película violenta la noción de documental, es todo menos una historia, es un limbo, es memoria sin un logos apreciable a primera vista. Es primitiva y elevada al unísono. Los personajes se pierden en la neblina, no mueren, no tienen un fin, sólo se difuminan y vuelven a parecer, como si fuera un sueño, una marquesina que circula incoherente a nuestro alrededor. Caustine con toda su prestancia y sapiencia se ve remitido a lo sensitivo y emotivo, vuelca todo su saber a saberse parte de ese espacio ilógico. En ese gesto hay una búsqueda identitaria de Rusia en los objetos a su haber. La búsqueda gozosa (primitiva, primigenia) no se detiene, se refuerza cuando el narrador pronuncia su lema: estamos condenados a navegar por siempre. Esta sentencia final da un golpe, sin saber, a ese orden coherente y metafísico de la Historia. Navegar, naufragar. La coherencia de las grandes ideologías que generaron el discurso de la Historia declina ante esta imagen de la deriva humana. En ese aspecto es posmoderna, (de)constructiva de la estructura del relato histórico: nos muestra los objetos parciales de la narratividad histórica rusa. No nos cuenta el cuento, no exhibe el cuadro como estas sagas de héroes nacionales, sino, las estrategias del mismo, sus usos, figuras, cortes temporales y apreciaciones o lecturas políticas. Este transito que parece ser la historia nunca se aprecia en su Real dimensión, se nos crea una Historia que recoge elementos de la historia (lo acontecido) para dar cierta explicación, para ello se remitirá a las fuentes simbólicas, los mitos que dan coherencia y familiaridad pedagógica ¿quién es Prat? Acaso no desaparece, no se le traiciona para hacer emerger la figura arquetípica del Cristo. Por eso en este rescate histórico siempre hay algo estructural que es propio del relato, ¿cómo hablar del nacimiento de un Estado? ¿a qué referentes debo echar mano? No son los mitos fundacionales la primera certeza de un algo como origen o, más bien, pérdida de la memoria. En ese sentido podemos decir que El Arca Rusa familiariza el Arte con la Historia, las fraterniza, le devuelve ese cariz al intelectualizado y cientifizado arte de escribir la historia. Como una vez parafraseó Severo Sarduy en la novela Cobra: la escritura es el arte de restituir la Historia. Ese apego por las figuras heráldicas se nos manifiesta en toda su obscenidad, revelándonos que tal apego es más bien una búsqueda en el mito: que es la narración constitutiva de un goce identitario. No es de extrañar que todo el arte en Hermitage sea europeo, no hay nada propiamente ruso: no es manifiesto del deseo identitario de sus líderes de serlo. Yo soy católico dice Caustine cuando aprecia “Pedro y Pablo” del Greco, se arrodilla y persigna, pero también mira suspicaz al joven que dice no profesar esta creencia pero si apreciar la belleza de la imagen. ¿Cómo puede alguien que no es católico reconocer el valor de esta pintura? Cuestiona Caustine, arrinconando al joven quien comenta su impresión sobre el cuadro y la imagen magnánima de los fundadores de esta religión. El chico viola la regla lógica de Caustine, cuestión que lo perturba al reconocer una alteridad en este muchacho. Aquí se muestra en todo su esplendor dos acercamientos distantes en ideología pero reunidos por la pintura del Greco. La lectura desmitificada del joven es fruto de sospecha, pero si esto nos pertenece, pareciera reclamar Caustine, este objeto es mío y de los míos, estableciendo fronteras a la pertinencia del cuadro.

El problema al cual me remite “Danae” es pues, la fractura en este sendero del mito referencial y motivacional de Rembrandt. No es el Rey de Argos, Zeus, Perseo o, la misma, Danae, que por lo demás sirve para otras lecturas referentes a la alienación del cautiverio femenino, sino la obra en cuanto se pierden sus certezas. Lo que es tan normal y lógico pierde su coherencia, ahora parece un cuadro extraño, difuso, inapreciable o reapreciable, es como tocarse la cicatriz y sentir como esta expele los más sencillos y complejos artilugios de interpretación, la sucesión de imágenes, recuerdos, sensaciones, todo en aras de resolver aquello tan normal y corriente.

Luis. Haz click en el título.